Cómo llegó a ser uno de los líderes contemporáneos más temidos. En la Rusia que gobierna con mano firme, quien pierde su favor, lo pierde todo: fortuna, empresas, prestigio, la libertad y a veces hasta la vida.
Acaso se
imaginaba una vida como la que retrató The Americans, el thriller sobre los
espías del KGB que en pleno gobierno de Ronald Reagan simulan ser una familia estadounidense.
En aquella época —los ’80s— la serie no existía, pero el oficio de agente
secreto sí, y era de los más glamorosos en la Unión Soviética. Los elegidos
viajaban al extranjero y arriesgaban la vida por la patria; accedían, también,
al lado sexy del capitalismo: bienes de consumo, comodidades, libertades.
Pero Vladimir
Putin se graduó en la academia de espionaje de Moscú cuando ya sonaba bajito la
cuenta regresiva hasta la caída del muro de Berlín. Tuvo tiempo apenas para una
única misión en el extranjero.
Y tan sucio
le jugó la suerte que ni siquiera fue al otro lado de la cortina de hierro. Le
tocó —como se lo llamaba entonces— el campo socialista.
“Putin fue
enviado a Alemania, pero no a la Occidental, y ni siquiera a Berlín; lo
destinaron a la ciudad industrial de Dresde”, escribió Masha Gessen en su
biografía no autorizada (más bien, repudiada por él) del actual presidente
ruso, El hombre sin rostro. A los 33 años, con su esposa Ludmila embarazada de
Katia, que nacería en Dresde, y su hija mayor, Masha, de apenas un año, Putin
se embarcó en su primera misión como espía un poco decepcionado.
Al llegar, en
agosto de 1985, se desilusionó aún más:
“En un
sentido, la República Democrática Alemana (RDA) me abrió los ojos. Yo pensaba
que iba a un país del este europeo, al centro de Europa”, dijo a los
periodistas que escribieron su retrato oficial, En primera persona. “Y de
pronto, al hablar con la gente del Ministerio de la Seguridad del Estado,
comprendí que tanto ellos mismos como la RDA atravesaban algo que la URSS había
atravesado muchos años antes. Era un país severamente totalitario, parecido a
la URSS 30 años antes. Y la tragedia es que mucha gente creía sinceramente en
todos esos ideales comunistas. Me preguntaba todo el tiempo: si comienzan
algunos cambios en la URSS, ¿cómo afectará eso las vidas de estas personas?”
Es difícil
creer que el agente joven y ambicioso que era Putin se hiciera cándidamente esa
pregunta al llegar a Dresde. En primera persona es un libro dictado para la
elección debut de Putin, en 2000: la implosión de la URSS y la reunificación de
Alemania eran por entonces el pasado. Es más probable, en cambio, que pensara
en ese primer destino como el paso inicial de una carrera. Haría bien su
trabajo y lo enviarían a un lugar mejor.
No imaginó
que ese estreno sería también su última función, que en Dresde vería cómo
Moscú, camino al abismo, le entregaría la RDA al enemigo que le había encargado
a él que vigilara.
Y a Putin,
personalmente, Moscú lo abandonaría una noche de manifestaciones, cuando debió
defender, solo, la oficina del KGB acosada por una turba.
Quedaba en
Angelikastrasse 4. A diferencia de la central del KGB en Karlshorst, Berlín
—que también alojaba la sede local del ejército soviético y empleó a cientos de
trabajadores durante la Guerra Fría—, era una casa de dos plantas con techo de
tejas, al otro lado de los puentes que identifican el centro histórico de la
ciudad donde ocurrió una de las peores masacres de civiles durante la Segunda
Guerra Mundial.
“La oficia en
Dresde era una pequeña dependencia de la intriga mundial de la agencia. La
ciudad, sobre el río Elba, nunca tuvo más que seis u ocho agentes”, escribió
Steven Lee Myers en El nuevo zar.
A esa mansión
gris, en cuyo segundo piso compartió con un colega una oficina en esquina,
Putin llegó como mayor y se fue como teniente coronel.
A pocas
cuadras de Angelikastrasse 4, sobre Bautznerstrasse, había un enorme complejo:
la Stasi, “la gente del Ministerio de la Seguridad” como la llamó Putin en su
libro. Era la sede regional del ominoso aparato represivo de la RDA, una red de
91.000 empleados, con al menos 173.000 informantes, según se estimó al
desmantelarla.
Los empleados
de la Stasi y los del KGB compartían el barrio, que se organizaba alrededor de
un bloque de apartamentos en Radebergenstrasse 101. Tenía una tienda donde
vendían productos rusos, escuelas bilingües, un cine con producciones
soviéticas y una baya, el sauna ruso. Tan cerca estaba la casa de la oficina
que “desde la ventana de su oficina Volodia podía ver a la pequeña Katia en la
guardería”, recordó Ludmila en el libro oficial, que encargó el millonario Boris
Berezovsky cuando todavía no se había enemistado con Putin, ni se había mudado
a Londres, ni había muerto en circunstancias sospechosas, sino cuando impulsaba
al sucesor de Boris Yeltsin.
A ella le
gustó la RDA. Putin se instaló primero y acondicionó para la familia un
apartamento en el cuarto piso del edificio. “Cuando Ludmila llegó en el otoño
de 1985, con Masha en brazos, encontró sobre la mesa de la cocina una cesta con
bananas, por entonces una rareza en su país”, reconstruyó Myers. “Al comienzo
sintió que se había despertado en un sueño: el barrio era encantador, las
calles estaban limpias”.
Como el
salario de Putin no era alto, porque estaba en un país socialista, ahorraban
todo lo que podían además del bono completo en divisas, unos USD 100 que la
URSS había empezado a pagar como estímulo a sus agentes en el extranjero poco
antes. Aceptaron “convenciones de frugalidad” de otros soviéticos en la RDA,
como “utilizar periódicos en lugar de cortinas para cubrir las ventanas”. Algo
que no hacían los vecinos de la Stasi, que ganaban mejor.
Putin hacía
vida de oficinista: regresaba un rato al mediodía a su casa, recordó la mujer
que se divorció de él en 2014. “Algunas veces venían a nuestra casa por la
noche amigos del trabajo, a veces otros alemanes. Hablábamos de esto y aquello,
contábamos bromas y anécdotas. Volodia es muy bueno contando chistes”.
Sin embargo,
él no tenía buen humor, según Gessen: “Todos los indicios apuntan a que estaba
muy deprimido. Su esposa, que ha descrito sus primeros años juntos como
armoniosos y alegres, se ha abstenido a conciencia de contar algo sobre su vida
familiar tras la academia de espionaje”.
Ludmila habló
en detalle sobre el automóvil Zhiguli que les había tocado —"se lo
consideraba bastante bueno en la RDA, al menos en comparación con el
Trabant"— y de los viajes en familia fines de semana: “Había muchos
lugares hermosos en las afueras de Dresde. Sajonia estaba a sólo 20 o 30
minutos”. Pero nunca dijo nada sobre el tedio que consumía el ánimo de su
marido. “Siempre ha existido un principio en el KGB: no compartas las cosas con
tu esposa. Nos dijeron que habían sucedido incidentes en los que la franqueza
excesiva había causado consecuencias desafortunadas”.
Como su
misión no era clandestina, Putin podía vestir uniforme si lo deseaba.
Pertenecía al Directorio S, “la unidad de recopilación de inteligencia ilegal
(según la terminología del KGB, que aludía a agentes que utilizaban identidades
y documentos falsos)”, describió Gessen. Su jurisdicción abarcaba cuatro
distritos del sur de la RDA: Dresde, Leipzig (donde comenzaron las
manifestaciones que llevaron a la caída del muro), Gera y Karl Marx Stadt (hoy
Chemnitz).
Se aburría: además de la papelería, lo que le tocaba era salir con sus dos colegas y un policía de Dresde ya retirado a localizar “a estudiantes extranjeros inscriptos en la Universidad Tecnológica”, sobre todo “varios estudiantes latinoamericanos de los que el KGB esperaba que en un futuro pudiesen trabajar de forma encubierta en los Estados Unidos”. Pasaba meses tratando de ganarse su confianza.
Sus colegas
lo apodaron “Volodia Chico”, ya que había otros dos Vladimires en la mansión de
Angelikastrasse: un Volodia Grande y un Volodia Bigotes, según Myers. “El
Grande, Vladimir Usoltsev, era un oficial del KGB gastado por la experiencia
burocrática en otros destinos similares. Se burlaba de la obsesión del ‘Centro’
con las amenazas que él juzgaba imaginarias; decía que ‘el arma más peligrosa’ de
los agentes del KGB en Dresde era el pinchapapeles con que se agujereaban las
resmas de informes que se enviaban a Moscú”.
Putin
celebraba esas bromas, pero en realidad se le estrujaba el corazón. “Volodia
Putin llegó a la KGB por romanticismo heroico”, dijo Usoltev, “y en Dresde no
podía haber, por definición, ningún romanticismo especial”.
El
desmesurado apego al poder que exhibe hoy el dirigente ruso -recordemos que en
el período en que no ejerció la presidencia dejó en su puesto a un delegado, y
luego introdujo una enmienda constitucional para autorizarse la permanencia
hasta 2036- permite apreciar mejor los motivos por los cuales se deprimía en
Dresde: no podía allí desplegar su estilo absolutista de conducción política,
ni destacarse, ni tampoco decidir sobre la libertad y la vida de otras
personas, como lo hace en la actualidad, cuando hasta puede tener al mundo
entero en vilo por sus preparativos para atacar a un país vecino.
Es posible
que el padre de Putin haya estado en la reserva del temible Comisariado del
Pueblo para Asuntos Internos, aquella policía secreta de Lavrenti Beria, el
NKVD, antecesor del KGB. Lo cierto es que Putin tenía 16 años y estaba en el
secundario cuando se presentó en las oficinas de la agencia en San Petersburgo
y anunció que en el futuro le gustaría trabajar para la seguridad del estado.
El hombre que lo recibió le explicó que no era así como funcionaba la cosa:
—No tomamos
voluntarios. Nosotros salimos a reclutar al personal.
—¿Dónde?
—preguntó Putin.
—Las
universidades, la carrera de Derecho, por ejemplo. O el ejército.
Putin se
propuso entrar a la prestigiosa Universidad de Leningrado, donde por cada lugar
había 40 aspirantes. Y lo logró.
Esperó,
desesperando, durante cuatro años. Al fin alguien se le acercó. Luego de cinco
encuentros el oficial concluyó que era un joven “no particularmente
extrovertido, pero enérgico, flexible y valiente”, citó Gessen. Y lo más
importante: “Era bueno para conectar rápidamente con la gente, una calidad
clave para un agente del KGB, especialmente si piensa trabajar en
inteligencia”.
Al terminar
la universidad pasó seis meses en contrainteligencia, los más aburridos de su
carrera, pensó, porque no imaginaba lo que le reservaba Dresde. Lo mandaron
entonces a un entrenamiento de un año en Moscú, pero cuando volvió, si bien
pasó a inteligencia, sus rutinas no cambiaron demasiado.
Putin se
aferró a la idea de que si esperaba, la ocasión se presentaría. A los cuatro
años y medio, sucedió: volvió a Moscú, a la academia de espionaje.
“Allí, este
comandante de 32 años hizo todo lo posible por demostrar cuánto necesitaba ese
trabajo. Por ejemplo, llevaba un traje de tres piezas bajo un calor abrasador
para mostrar respeto y disciplina", ilustró Gessen. "Resultó ser una
estrategia inteligente; la academia de espionaje era, fundamentalmente, un
servicio de colocación muy lento, complejo y trabajoso, y los profesores que
harían recomendaciones sobre su futuro estudiaban meticulosamente a los
alumnos”.
Mejoró su
dominio del alemán hasta hablarlo con fluidez, aunque con acento fuerte. Al
graduarse no tenía dudas: lo enviarían a Alemania. Él soñaba con que sería la
Occidental. Y sin embargo, ahí estaba, en la mansión gris de Dresden, ocupando
las tres cuartas partes de su tiempo en papelerío.
Engordó más
de 10 kilos. Gessen lo atribuyó a la angustia; él, a la cerveza. “Solíamos ir a
una pequeña ciudad, Radeberg, donde había una de las mejores cervecerías de
Alemania Oriental. Ordenaba un barril de 3,8 litros una vez por semana. Y mi
trabajo estaba a dos pasos de mi casa, así que no quemaba las calorías extras”,
dijo. Jugaba, sin embargo, al fútbol: un oficial de la Stasi que dijo haber
sido agente doble, Klaus Zuchold, lo recordó a Putin en el parque Jäger, a las
7 de la mañana, desplegando “gran velocidad y habilidad técnica”.
Al menos se
llevaba bien con el jefe de la estación de Dresde, el coronel Lazar Matveyev,
un hombre de la vieja escuela, cuyos padres habían muerto en la guerra, como
los de Putin, que habían sufrido los 872 días del sitio nazi alrededor de
Leningrado (San Petersburgo), en el cual más de 1,2 millones de personas
murieron de frío y hambre. Matveyev, según Myers, “puso al joven mayor bajo su
ala, admirado por su ética de trabajo resuelta y su integridad”.
A Usoltsev le
daba curiosidad su compañero, que avanzaba a pesar de no tener familiares
encumbrados que pudieran empujar su carrera. Compartía con él, además de la
oficina, la única línea telefónica que se dividía entre los dos escritorios y
una caja de seguridad.
El trabajo
consistía en recopilar información y reclutar personas con acceso a Alemania
Occidental que pudieran hacer inteligencia en las bases militares de los
Estados Unidos y la OTAN en Bad Tölz, Wildflecken y Celle. Pero mientras ellos
buscaban acceso a las boinas verdes al otro lado de la frontera, Mijail Gorbachov
trabajaba en reducir las tensiones de la Guerra Fría. Comenzaba la separación
entre el KGB y el Partido Comunista (PCUS), que culminaría con el golpe de
agosto de 1991 que, si bien falló, comenzó el colapso de la URSS.
Pero en la
pequeña oficina de Dresde se abrieron las mismas divisiones que en el Kremlin
entre los conservadores y la nueva generación. Los informes de inteligencia se
completaban con datos públicos, que se tomaban de publicaciones como Der
Spiegel o Stern. Los agentes veían así otras perspectivas de hechos como, por
ejemplo, el desastre en la planta nuclear de Chernobyl en Ucrania, en 1986.
Putin
entendía que el suelo bajo sus pies se movía. Aunque a su jefe, Matveyev, no le
gustaba lo que se cocinaba en Moscú con la glasnost y la perestroika, él se
inclinaba por adaptarse. Llegar a la cima, a como dé lugar, era el objeto y
motor de su vida. “Para nosotros estaba completamente claro que el poder
soviético marchaba sin remedio hacia el abismo”, dijo Usoltsev. Putin, además,
tenía una perspectiva pesimista sobre el estado de la nación: pensaba que la
guerra en Afganistán se había convertido en algo “sin sentido” y en ocasiones
hablaba con ironía sobre los militares.
Así sus
contactos comenzaron a cambiar. Si bien mantenía los clásicos, como los
miembros de la Fracción del Ejército Rojo (la RAF, o Baader-Meinhof, una
organización terrorista que causó 34 muertes, sin contar las 20 de su propio
grupo, en atentados sangrientos entre 1970 y 1998), según Rusia y la extrema
derecha occidental, de Anton Shekhovtsov, sumó a los nacientes neonazis.
Putin —argumentó ese libro— “colaboró con el neonazi Rainer Sonntag y lo utilizó para expandir la red de agentes con gente que Sonntag conocía, como miembros del movimiento neonazi”. Y a ambos lados de la frontera: “En 1987 obtuvo permiso para emigrar a Alemania Occidental, donde estableció relaciones estrechas con uno de los líderes del movimiento neonazi, Michael Kühnen”. Desde territorio capitalista, Sonntag mantuvo contacto con el KGB en Dresde, hasta su regreso, ya unificada Alemania, donde fundó la Resistencia Nacionalista de Dresde, que nunca preocupó mucho a la policía “probablemente debido a la protección que tenía”. Sonntag murió, baleado, en 1991.
La RAF, contó
Gessen, tenía gentilezas con Putin cuando, cada tanto, iban a Dresde para
“recibir entrenamiento”. Citó a un antiguo miembro de la Baader-Meinhof sobre
Putin: "Siempre quiso tener cosas. Les mencionó a varias personas cosas
que deseaba de Occidente”. Ese entrevistado de la periodista dijo haberle
regalado una radio de onda corta de último modelo, Grundig Satellit, y un
radiocasete Blaupunkt para el automóvil.
Mientras
trabajaba en el que Gessen calificó con ironía como su “gran logro” —que
consistió en una cadena de contactos hasta comprar un “manual militar no
clasificado” de los Estados Unidos—, Putin atendía cuidadosamente las noticias
de la URSS.
A finales de 1986, cuando Andrei Sajarov recuperó la libertad, manifestó su agrado, para mayor escándalo de Matveyev, que no ocultaba su indignación con Gorbachov. “Su ambivalencia era evidente. Percibía la necesidad del cambio político y económico, pero como Gorbachov y muchos otros rusos favorecía el gradualismo, no la reforma radical. Como muchos otros, nunca quiso que el estado colapsara”, dijo Usoltsev, el ex compañero de escritorio en Dresde.
Pero iba camino a colapsar.
Y —como bien
evaluó el ya entonces teniente coronel Putin— el desplome comenzaría en la RDA.
Donde él estaba. Donde él quedaría abandonado por el Kremlin, quemando
documentos enloquecidamente durante días y noches, acosado por los
manifestantes.
Ascendido a
asistente principal de Matveyev, en la práctica era subjefe de la dependencia
de Dresde. Con sus responsabilidades aumentaron sus contactos: en ocasiones se
reunía con la dirigencia local, como Hosrt Böhm, jefe de la Stasi, famoso por
su línea dura. Putin escuchó asombrado el discurso anacrónico que Böhm dio en
un acto por el 70 aniversario de la revolución rusa, y se hubiera ido de la
recepción de no haber sido porque le tocaba recibir una medalla de oro. A la
misma hora, pero en otro canal, Gorbachov preparaba el Tratado sobre Fuerzas
Nucleares de Rango Intermedio que firmaría con Reagan.
Las protestas
siguieron hasta la caída del muro, el 9 de noviembre, y más allá: todas las
semanas, en todas las ciudades, hasta que hubo elecciones libres en marzo de
1990. En esos días de tumulto, el 15 de enero los habitantes de Dresde
asaltaron el cuartel general de la Stasi, ubicado a metros de la sede de la
KGB.
Aunque a
continuación, algo más sincero, matizó su comprensión: “Sólo que la manera en
que expresaron sus protestas fue terrible”.
Putin, que
había mirado desde una ventana en Angelikastrasse cómo la multitud rodeaba el
complejo de la Stasi, se aventuró a llegar hasta sus bordes para observar más
de cerca. Estaba allí a las cinco de la tarde, cuando Böhm cedió y ordenó que
se abrieran los portones.
Los manifestantes avanzaron y saquearon el lugar al que tanto habían temido.
Pero la
Stasi, dijo Putin luego a sus biógrafos, “era parte de la sociedad: estaba
infectada por la misma enfermedad”. Defendió a sus colegas y vecinos: “Había
toda clase de personas trabajando allí, pero la gente que yo conocí era gente
decente. Fui amigo de muchos de ellos y creo que el modo en que se los castiga
ahora no es correcto. Es lo mismo que el sistema del ministerio le hizo a la
sociedad civil de Alemania Oriental. Sí, probablemente hubo algunos agentes del
ministerio que participaron en la persecución de las personas. Yo no lo vi. No
quiero decir que no sucedió. Pero personalmente no lo vi”.
Lo que sí
vio, ya de noche, tras haber regresado cabizbajo a la sede del KGB, fue un
grupo que se desprendió de los que ocupaban la Stasi y parecía avanzar hacia
Angelikastrasse.
Ordenó a los guardias que se preparasen para repeler un asalto y llamó al comando militar soviético vecino para pedir refuerzos. Lo atendió un oficial de guardia, que se negó a enviar ni una bala: “No hay órdenes de Moscú”, argumentó. Le prometió que iba a preguntar. Como el oficial no volvió a llamar, Putin lo hizo.
—Pregunté a Moscú —dijo el oficial—. Pero Moscú guarda silencio.
—¿Y qué
hacemos?
—Por ahora,
no hay nada que yo pueda hacer para ayudar.
“Sentí que el
país ya no existía —recordó Putin años más tarde— que había desaparecido. Era
evidente que la URSS estaba enferma. Era un mal mortal, incurable: parálisis de
poder”.
Si Moscú
guardaba silencio, difícilmente saliera a apoyar a la RDA por la fuerza como había
hecho en 1953, o en Hungría tres años más tarde, o en Checoslovaquia en 1968. Y
él ni siquiera tenía poder de fuego real para esa noche.
Si algo le pasaba a los archivos del KGB, él enfrentaría un tribunal militar. Al mismo tiempo, nadie se molestaba en indicarle cómo protegerlos.
De pronto se le terminó la comprensión por los pobres alemanes cansados de ser vigilados. “Bueno, echaron abajo su propio ministerio. Era un asunto interno”, recordó en 2000. “Pero nosotros no éramos su asunto interno”. Salió decidido, con su uniforme, pero sin su arma. El pequeño grupo que lo miró cruzar la puerta de la mansión parecía más eufórico que inquietante. Les habló con calma:
—Esta casa está estrictamente protegida. Mis soldados tienen armas. Y les ordené que, si alguien entra al complejo, deben disparar.
—¿Qué hay en este edificio? —la gente buscaba por todos lados cárceles con detenidos políticos, porque en el complejo de la Stasi, en efecto, había una.
—Una organización militar soviética.
—¿Entonces
por qué tienen autos con licencias alemanas en el estacionamiento?
—Tenemos un acuerdo que nos permite usarlas.
—¿Y tú quién eres? ¿Por qué
hablas alemán?
—Soy un traductor.
Nadie le creyó. Probablemente
todos entendieron. El aura aterradora del KGB hizo el resto. Regresaron,
por la misma Angelikastrasse, al saqueo de la Stasi.
Dos horas más tarde, cuando Moscú
rompió el silencio y dos blindados con soldados llegaron a la mansión, no
tenían ya mucho que hacer, salvo comentar con Putin los rumores sobre la
renuncia del comité de seguridad del partido comunista alemán y la detención de
Honecker en Berlín, mientras quemaban kilos y kilos de documentos, al
punto que uno de los hornos se rompió.
Nadie, nunca, le reconoció su
comportamiento esa noche. Pronto ni siquiera habría quién pudiera reconocer o
no el desempeño de funcionarios como él. Los cimientos de la URSS temblaban y su
carrera había quedado obsoleta: "¿Qué sentido tenía escribir, reclutar y
buscar información? En el Centro nadie leía nuestros informes”.
Al día siguiente el barrio tenía
la atmósfera de un funeral.
Sus vecinos
de casi cinco años no sólo habían perdido sus empleos en la Stasi, sino que sus
patrocinadores soviéticos se habían esfumado mientras los ciudadanos comenzaban
a vengarse: era improbable que los recuperasen. La maestra de preescolar de
Katia, que estaba en la nómina del ministerio, ya no podía trabajar con niños.
Ludmila abrazaba una tras otra a las vecinas que “lloraban por sus ideales
perdidos, por el colapso de todo aquello en lo que habían creído todas sus
vidas”.
Aunque Putin ha repetido que “es imposible decir que yo estuve involucrado en alguna clase de operación secreta a espaldas de las agencias del gobierno o de seguridad de la RDA”, algunos de sus amigos descubrieron que el KGB también los había espiado a ellos, y le dieron la espalda, como Horst Jehmlich: “Nos engañó y nos mintió”, lo citó Myers.
Semanas más tarde, en febrero de 1990, mientras los Putin ponían sus pertenencias en cajas para regresar a la URSS, Böhm se suicidó.
En Angelikastrasse seguía la destrucción de documentos —que llegaría a 12 camiones de papeles— y el desmantelamiento de las redes de informantes. Putin sentía que su país y el KGB lo habían traicionado, lo seguían traicionando. “Dentro de la organización cada vez más gente se sentía traicionada, engañada y abandonada; sería correcto decir que ese era el espíritu corporativo del KGB en 1990”, evaluó Gessen.
Su última
tarea antes de volver a la URSS fue establecer un contacto para las nuevas
redes de espionaje que todavía no se sabía cómo iban a funcionar ni para qué: Klaus
Zuchold, un desocupado de la Stasi a quien había conocido cuatro años
antes. Se despidió de él con un brindis y le dejó de regalo para su hija un
libro de historias de hadas ruso. Putin llevaba apenas meses en San Petersburgo
cuando Zuchold aceptó una amnistía de la Alemania ya unificada y no sólo
reveló su reclutamiento, sino también el de otros 15 agentes de la red de
Dresde. Cuando la Stasi entregó sus archivos, Putin se desmoronó: eso era
traicionar a personas que habían trabajado como informantes.
Un
vecino le regaló una lavadora de ropa que tenía 20 años y duró otros cinco: eso
y muy pocos marcos de ahorro fue todo lo que llevó de regreso. En realidad,
parte de sus ahorros se perdieron cuando alguien le robó un abrigo a Ludmila en
el tren; con lo que quedó, compraron un auto, un Volga.
En
la patria no había bananas, ni cerveza, ni casi nada. “Otra vez las mismas
filas terribles, la libreta de racionamiento, los cupones, los estantes vacíos”,
recordó Ludmila. Durante meses Putin trabajó sin que el KGB le pagara su
salario. En su retrato del inclasificable Eduard Limónov, Emmanuel Carrère escribió
que quedó tan desamparado p “Los precios
seguían aumentando sin que subieran los sueldos. A un ex oficial del KGB como
el padre de Limónov apenas le alcanzaba la pensión para comprarse un kilo de
salchichón. Un oficial de un rango más alto, que había empezado su carrera en
los servicios de información en Dresde, en Alemania del Este, una vez
repatriado de emergencia porque ya no existía Alemania oriental, se encontró
sin empleo ni alojamiento pagado, y tuvo que trabajar de taxista sin licencia
en su ciudad natal, Leningrado, maldiciendo a los ‘nuevos rusos’ con tanta
crudeza como Limónov. Este oficial no es una abstracción estadística. Se llama
Vladímir Putin, tiene cuarenta años, piensa como Limónov que el fin del imperio
soviético es la catástrofe más grande del siglo XX”.
Y, en
efecto, Putin sufría el fin de la URSS como el fin del mundo y todo su accionar
en el poder apunta a reconstruir ese imperio en la medida de lo posible y más
allá también, incluso arriesgando la paz mundial: “Quería que algo diferente se
alzara en su lugar. Y no se propuso nada diferente. Eso es lo que me dolió.
Simplemente dejaron todo y se fueron”, dijo.
Fue a
pedirle consejo a su mentor, Matveyev, que trabajaba en la base militar de
Yasenevo, cerca de Moscú. Le explicó que sentía que su identidad misma se
deshacía. Matveyev le recomendó que se instalara en algún lugar familiar, y
Leningrado lo era. Allí tenía el apartamento de sus padres, que se habían
mudado. or el Estado que trabajó como taxista:
“Los precios seguían aumentando sin que subieran los sueldos. A un ex oficial del KGB como el padre de Limónov apenas le alcanzaba la pensión para comprarse un kilo de salchichón. Un oficial de un rango más alto, que había empezado su carrera en los servicios de información en Dresde, en Alemania del Este, una vez repatriado de emergencia porque ya no existía Alemania oriental, se encontró sin empleo ni alojamiento pagado, y tuvo que trabajar de taxista sin licencia en su ciudad natal, Leningrado, maldiciendo a los ‘nuevos rusos’ con tanta crudeza como Limónov. Este oficial no es una abstracción estadística. Se llama Vladímir Putin, tiene cuarenta años, piensa como Limónov que el fin del imperio soviético es la catástrofe más grande del siglo XX”.
Y, en
efecto, Putin sufría el fin de la URSS como el fin del mundo y todo su accionar
en el poder apunta a reconstruir ese imperio en la medida de lo posible y más
allá también, incluso arriesgando la paz mundial: “Quería que algo diferente se
alzara en su lugar. Y no se propuso nada diferente. Eso es lo que me dolió.
Simplemente dejaron todo y se fueron”, dijo.
Fue a
pedirle consejo a su mentor, Matveyev, que trabajaba en la base militar de
Yasenevo, cerca de Moscú. Le explicó que sentía que su identidad misma se
deshacía. Matveyev le recomendó que se instalara en algún lugar familiar, y
Leningrado lo era. Allí tenía el apartamento de sus padres, que se habían
mudado.
El dinero estaba en otro lugar en ese momento; fueron años de enorme crisis en los que nacieron enormes fortunas. “No hay tal cosa como un ex agente de inteligencia”, le dijo Roldugin.
Mientras
Putin pensaba qué hacer, un carismático profesor de derecho, Anatoly Sobchak,
entraba en la política. Necesitaba un enlace con las fuerzas de seguridad,
alguien del KGB pero no de la vieja guardia. Con la anuencia de sus jefes,
Putin obtuvo ese lugar.
Por fin
sería doble agente, como había soñado. En realidad, comenzó así su camino en la
política. Que probablemente excedió aquellas aspiraciones.
Hoy encarna un estilo de conducción que conecta con lo más ominoso del pasado ruso, combinando la autocracia de los zares con la obsesión estalinista por eliminar toda posible sombra o mínima amenaza a su poder y con un ingrediente adicional que evoca su pasado en el espionaje: de todos sus competidores u opositores, el que no fue a dar con sus huesos a una mazmorra murió de una forma sádica por los efectos de algún veneno misterioso y letal.
Tomado de: https://www.infobae.com/america/historia-america/2022/02/20/de-volodia-chico-a-tener-en-vilo-al-mundo-como-un-gris-agente-de-la-kgb-en-la-alemania-comunista-se-convirtio-en-vladimir-putin/
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