Lucy Nieto de Samper
En
la capital la seguridad de los ciudadanos es cada día más precaria y más
preocupante.
Con
un poco de exageración, Bogotá fue bautizada y llegó a ser considerada la
Atenas suramericana. Era una ciudad amable, floreciente. Era la meca para los
habitantes de otras ciudades colombianas, que anhelaban radicarse en la
capital. Pero sin saber a qué horas, esta urbe tan progresista y con tantas y
tan buenas condiciones para poder vivir bien pasó a convertirse en la ciudad
más insegura y más peligrosa del país. Hoy es un centro de peligrosos
delincuentes y pandillas de crimen organizado.
Antes,
los ciudadanos podíamos salir a la calle sin gran miedo y sin especiales o
mayores preocupaciones, salvo las normales en cualquier urbe de tal tamaño.
Porque existía no solo una sensación de seguridad, sino también porque había
agentes uniformados, encargados de vigilar y de proteger tanto a los ciudadanos
como las diferentes actividades que se desarrollan habitualmente en pueblos y
ciudades. Hoy, en cambio, la mayoría de los ciudadanos se sienten inseguros
apenas cierran el portón de su casa. Y no es para menos. Los medios nos
muestran a menudo cómo pandillas de rateros y de asaltantes hacen de las suyas
en comercios, restaurantes, casas y apartamentos. Y cómo se pasean los ladrones
y asesinos por la ciudad, sin preocupaciones ni problemas. Porque no hay a la
mano una autoridad competente que se ocupe de impedirlo.
Como
si estuviéramos en medio de la selva, en ciudades y pueblos colombianos reina
la más completa inseguridad, y la más absoluta impunidad. Asaltantes y malhechores
pueden hacer su agosto, saquear almacenes y lugares públicos, y despojar a los
ciudadanos de todas sus pertenencias sin que aparezca autoridad alguna que
pueda impedirlo o actuar cuando sucede. Reina una sensación de desamparo y de
total indefensión, situación que aprovechan carteristas, asaltantes y todo tipo
de delincuentes para hacer de las suyas.
Por
eso la alcaldesa de Bogotá, Claudia López, le había pedido al gobierno anterior
más policía y más agentes de seguridad. Y lo cierto es que entonces el gobierno
del presidente Iván Duque atendió esa solicitud. Sin embargo, no obstante el
aumento del pie de fuerza, la inseguridad en Bogotá ha seguido aumentando,
sobre todo en barrios populares como Ciudad Kennedy, Barrios Unidos, Puente
Aranda y Ciudad Bolívar.
Ahora
que la primera autoridad de Bogotá es tan buena amiga del señor Presidente de
la república, confiemos en que esa cordial amistad se refleje en un más
contundente y decidido apoyo del Gobierno central y en mucha más seguridad para
los habitantes de Bogotá, que ya no saben qué hacer para defenderse de tantos
ladrones y de tantos antisociales.
Ojalá
que gracias a que el Presidente está disfrutando de su cuarto de hora de
popularidad y de amplia mayoría parlamentaria, este sea un momento adecuado para
pedirle más apoyo para la capital, ciudad a la que no le fue tan bien cuando el
hoy primer mandatario fue su alcalde mayor.
Pero
como nunca es tarde para reconocer errores y falencias y rectificar, confiemos
en que al presidente Petro no se le hayan olvidado las dificultades que tuvo
que capotear cuando fue alcalde mayor de Bogotá. Ahora, como primer mandatario
de la república, y con todas las posibilidades a la mano para poder actuar como
toca y como tanto se necesita, es el momento de que se reivindique con los
habitantes de la ciudad capital que en gran parte y en buena medida quedaron
desencantados con su desempeño, y no precisamente fueron sus fans en aquellos
tiempos no tan lejanos.
lucynietods@gmail.com
Tomado
de: https://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/lucy-nieto-de-samper/que-nos-paso-columna-de-lucy-nieto-de-samper-704785
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