Crecen los temores de un inevitable deterioro de la economía global, que impactaría a Colombia.
La
Conferencia de las Naciones Unidas para el Comercio y Desarrollo –Unctad–
publicó ayer su informe anual, en el que prevé un crecimiento de la economía
global de un 2,5 por ciento en este año y de 2,2 por ciento en 2023. Para esta entidad
de la ONU, el mundo “caerá en una recesión global y estancamiento prolongado”,
a menos que los países industrializados cambien el curso de su endurecimiento
en el manejo de las tasas de interés.
Estas
perspectivas sombrías sobre el desempeño económico global se sintonizan con los
pronósticos de distintas organizaciones multilaterales y centros de
investigación. El Banco Mundial, por ejemplo, estima un aumento del PIB mundial
en 2022 del 2,9 por ciento y de 2,4 por ciento para 2023. La región latinoamericana
tampoco se salva de esta reducción en el ritmo de la reactivación pospandemia:
la ONU pronostica 2,6 por ciento para este año y 1,1 por ciento para el
próximo.
En
el transcurso de 2022, este deterioro de las condiciones económicas mundiales
ha venido recrudeciéndose. A las consecuencias de la crisis del covid-19 sobre
las cadenas globales de suministro se sumaron las imparables presiones
inflacionarias en todo el planeta y los efectos nocivos de la guerra rusa en
Ucrania. Según la Ocde, la invasión de Putin a territorio ucraniano se
traducirá a final del 2023 en un costo de más de 2,8 billones de dólares de
producto económico perdido.
Las
alertas sobre el malestar en las economías –ricas y emergentes– pululan por
doquier. Estados Unidos –la principal economía del mundo– oficializó su entrada
a la recesión técnica con la contracción de 0,1 por ciento de su PIB en el
segundo trimestre de este año. En septiembre, las economías europeas
registraron una ralentización de sus actividades productivas, mientras que el
dólar gana fortaleza incluso ante divisas como el euro y la libra esterlina.
El
Reino Unido, por su parte, junto con otros países de la eurozona registran
tasas de inflación históricamente altas, que se combinan con inmensos retos en
el suministro energético, como efecto del conflicto bélico en Ucrania. Los
disparados precios de los combustibles y de materias primas energéticas –hoy ya
bajando por la caída del consumo– se conjugan con escasez y elevados costos de
productos agrícolas básicos, insumos agropecuarios y fertilizantes para
producir comida. Todos estos factores han empujado a la mayoría de bancos
centrales del mundo a subir las tasas de interés para frenar la galopante
inflación, con los consecuentes efectos sobre la dinámica de recuperación del
ritmo del crecimiento de las economías.
Colombia
no es ajena a estas tendencias globales. Si bien la economía nacional está
mejorando sus estimaciones de aumento del PIB para 2022 –por ejemplo, el Banco
de la República subió a 7,8 por ciento para final de este año–, las
perspectivas del Emisor para 2023 reflejan un duro freno: apenas un 0,7 por
ciento. El manejo de la política económica del Gobierno Nacional debe
incorporar este enrarecimiento del entorno internacional en sus decisiones, en
especial con miras a un preocupante 2023. Proteger las fuentes del crecimiento
se convierte en una tarea crucial.
EDITORIAL
editorial@eltiempo.com
Tomado
de: https://www.eltiempo.com/opinion/editorial/vientos-de-recesion-editorial-el-tiempo-707131
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